Un año de angustias y aprendizajes

Este período no ha culminado aún. De hecho, quedan demasiados capítulos por escribirse a pesar del ansioso entusiasmo de algunos optimistas. Habrá que entender que todavía no se ha dicho la última palabra y que no se trata de un ciclo definitivamente concluido.

El 2020 asomaba repleto de desafíos. El mundo disponía de una agenda complicada y cada uno de los países, a su vez, estaban listos para abordar sus propios dilemas. Los ciudadanos mientras tanto transitaban sus singulares problemáticas, como acontece casi siempre.  

De pronto, todo cambió abruptamente. El planeta, las naciones y la gente, debieron asumir que algo inusitado había decidido irrumpir, sin pedir permiso, aplastando cualquier proyección conocida hasta ese momento.

A partir de ese instante nada volvería a ser igual. Los planes se modificarían en muy pocas horas y las preferencias serían fuertemente revisadas en la búsqueda de un estándar totalmente distinto al anterior.

Desde el inicio se vivieron semanas de estrés y desconcierto. La información era escasa y la ciencia ofrecía muy pocas respuestas a los miles de interrogantes que se planteaba la humanidad a diario.

Nacieron las hipótesis sobre lo que estaba sucediendo y también emergieron una catarata de medidas gubernamentales que intentarían minimizar el impredecible daño de esta enigmática enfermedad.

Con el transcurrir de los meses la sociedad pasó por numerosas etapas con estados de ánimo oscilantes y una turbulenta percepción que se ha ido adecuando al entorno local y al ámbito personal de cada individuo.

Algunos subestimaron el hecho “ninguneando” lo que estaba ocurriendo, mientras otros optaban por exagerarlo todo. Encontrar un punto intermedio no ha sido tarea sencilla y aún hoy ese equilibrio no aparece en el horizonte con suficiente contundencia como para hablar de una “nueva normalidad”.

Lo cierto es que a pesar de los millones de contagiados y muertos, la vida continúa. Los tropiezos esperables, los múltiples errores que incluyen las idas y vueltas han configurado un extraño paisaje en ese tumultuoso trayecto.

A un año de aquella noticia, se puede esbozar una suerte de balance. Es que hay mucha tela para cortar. Se podría recalar en las inestables sensaciones durante las fases más duras del aislamiento, o en las penurias cotidianas, pero tal vez sea mucho más fructífero detenerse en el presente para intentar comprender lo que eventualmente pueda venir.

Los que lograron sobrevivir a este cimbronazo y pueden “contar el cuento” han postergado muchas de sus prioridades originales ya que no sólo era relevante mantenerse alejado del covid-19, sino que también había que evitar un impacto económico que pudiera ser arrasador.

Aun los que consiguieron surfear la ola con éxito, ya sea esquivando la dolencia o superándola cuando tocó su puerta, han experimentado un tiempo dramático que exhibe, sin pudor alguno, sus despiadadas secuelas.

Ha sido una era brutalmente agobiante y ese cansancio crónico se está haciendo sentir de diversas maneras. Algunos insisten en disimularlo, pero todo es demasiado evidente y se explicita de modos muy reveladores.

Un aspecto silencioso ha sido el abandono en otros asuntos de la salud. La ausencia de controles de rutina, la postergación de visitas al médico a los que se debe agregar la disminución de la actividad física y el consiguiente sedentarismo, una alimentación excesiva y el incremento de malos hábitos que mostraron un crecimiento de consumos inapropiados, han sido sólo una parte de esa indeseable nómina de conductas impensadas.

Las presiones económicas no deberían ser ignoradas. La supervivencia no ha sido gratis. Aun aquellos que pudieron sostener aceptablemente su nivel de actividad lo han conseguido a expensas de infinitas preocupaciones y de implementar significativas transformaciones a su dinámica habitual.

Todo este esfuerzo ha generado enormes costos. No sólo ha repercutido en la ecuación financiera, sino que además se han sumado las tensiones permanentes con las que se ha tenido que lidiar durante largos meses, y que aún no encuentra un categórico desenlace. Las soluciones no están a la vista. Esas presiones no han cedido. En todo caso siguen mutando, como el virus, y obligan entonces a estar alertas, informados, pendientes de lo que pasa, para actuar en consecuencia con la celeridad que la situación requiere.

No hay fórmula mágica para enfrentar lo que se avecina. Nada hace creer que exista suficiente margen para relajarse. La vacunación no es la panacea con la que muchos sueñan ya que la potencia y durabilidad de la inmunización temporal constituyen un verdadero misterio que ni la comunidad científica ha dilucidado hasta aquí.

Dicen que la inteligencia tiene muchos modos de expresarse y uno de ellos se manifiesta en la capacidad para adaptarse activamente a las circunstancias, esas que evolucionan constantemente y sin descanso.

Se ha padecido bastante. Aún hoy ese sentimiento no ha desaparecido por completo. Sin embargo, más allá de las vicisitudes, se ha aprendido muchísimo durante esta tragedia. Quizás sea esta la hora de capitalizar al máximo esta indeseada experiencia.

Este “encierro” forzoso trajo consigo sufrimiento y angustia, agotamiento y zozobra, pero sigue presentándose como una gran oportunidad para conocerse mejor, para descubrir fascinantes aristas y hasta para valorizar aquello que se ha descuidado por torpeza inercial, ceguera mental o mera falta de reflexión.

Alberto Medina Méndez
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