El odio como herramienta electoral

¿Cómo puede ser posible que un grupo considerable de personas -aproximadamente el 35% del padrón- elija ciegamente una opción que durante cuatro años tomó tantas medidas que los perjudicaron?

El votante de la tercera ola del neoliberalismo está dispuesto a ceder su propio nivel de vida a cambio del sufrimiento de aquellos grupos construidos como sujetos despreciables u odiables.


 

Varias encuestadoras afirman que aún en su peor momento, el gobierno de Macri tiene grandes chances de retener su gobierno porque podría vencer (por escaso margen) a la fórmula que integre la ex presidenta Cristina Fernández. Diversas encuestadoras (aunque no todas) arrojan más o menos los mismos resultados: la imagen de Macri viene disminuyendo, pero no al ritmo de su intencionalidad de voto. Por otro lado, la imagen de CFK sigue rondando el 35%. Las encuestadoras coinciden en señalar que el piso electoral de Cristina es alto (30%), y su techo es considerablemente bajo (38%).
El actual mandatario posee también un piso alto que rondaría el 30%, pero a diferencia de ella, tiene comparativamente un margen de crecimiento mucho más amplio. Ante este curioso hecho (o quizás no tan curioso), desde #EsdePolitólogos nos preguntamos: ¿Cómo puede ser posible que un grupo considerable de personas (aproximadamente el 35% del padrón) elija ciegamente una opción que durante cuatro años tomó tantas medidas que los perjudicaron? ¿Por qué volverían a elegir de nuevo a este mismo presidente?

Antes de comenzar con la tentativa explicación, es preciso recordar algo: cuando al padre del neoliberalismo, Friedrich von Hayek, se le preguntó sobre la aplicación de las políticas neoliberales en Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet, admitió estar dispuesto para sacrificar la democracia en aras de la libertad de mercado. Esto es representativo con respecto a las implicancias de la primera ola del neoliberalismo, sobre todo en América Latina, la cual se instaló a través de las dictaduras más sangrientas (como la de Videla, Stroessner y Pinochet). En momento de fuerte discusión sobre la distribución de la renta nacional, en distintos países latinoamericanos fue necesaria la utilización de los tanques y la picana eléctrica para doblegar la voluntad política y, así, poder implementar políticas neoliberales. En esta ocasión, los gobiernos militares neoliberales de los 70  prometieron garantizar el orden político, aunque, para hacerlo, se tuviera que sacrificar la democracia o hacer desaparecer entre ocho y treinta mil personas.

La segunda ola del neoliberalismo (propia de los 90), llegó con la intención de garantizar el orden económico frente al desmadre de la hiperinflación (tragedia económica sufrida en países como Argentina, Chile, Bolivia, Nicaragua y Brasil). Para llegar al poder, en estos casos, ya no hizo falta un golpe de Estado. Es curioso que el peronista Carlos Saúl Menem (el Presidente argentino que caracterizó a la política argentina durante la década del 90) haya utilizado, durante la primera campaña presidencial de 1989, un discurso abiertamente keynesiano (y antineoliberal) de salariazo y revolución productiva. No obstante, en las elecciones de 1995 resultó vencedor utilizando un discurso abiertamente neoliberal de estabilidad económica –basada en política monetaria de un peso, un dólar–,  pero sacrificando a las empresas públicas (como YPF y Aerolíneas Argentinas), endeudando al país con los organismos internacionales de crédito (ignorando el «mandamiento peronista» de soberanía política e independencia económica) y los niveles más altos de desempleo y precarización de las condiciones laborales.

Por otro lado, a tercera ola del neoliberalismo  ya no promete un orden político conservador como el neoliberalismo de los 70’ ni un orden económico conservador como el neoliberalismo de los 90’. Lo que promete la tercera ola, entre otras cosas, es orden social. Y para llegar a ese orden social, es necesaria la represión de las protestas populares y las mejoras en equipamiento de la fuerza pública, algo que viene siendo implementado por el gobierno de Mauricio Macri en Argentina.
Pero otra de las cosas que se viene implementando y viene acrecentándose durante estos cuatro años es  el desprecio hacia aquellos elementos sociales que se transforman en un impedimento para la formación de aquel imaginario de país que promueven estos líderes actuales: un país en donde reine el antiguo lema «orden y progreso». Y sobre este tema, cabe mencionar, quizás Macri no sea el máximo exponente, sino su par brasileño: Jair Bolsonaro, quien reiteradamente emplea discursos que atentan contra todas las reivindicaciones progresistas que se pudieron construir durante los últimos años.

Es común en Argentina escuchar en ciertos ámbitos a votantes afines al sector progresista emitir argumentos que plantean que así como Hayek en los 70’ estaba dispuesto a ceder democracia a cambio de libre mercado, el votante de la tercera ola del neoliberalismo está dispuesto a ceder su propio nivel de vida a cambio del sufrimiento de aquellos grupos construidos como sujetos despreciables u odiables. Siguiendo este razonamiento, el desprecio (o peor, el odio) no es un simple sentimiento individual, sino, más bien, un dispositivo político que lentamente se vuelve colectivo y podría ser una herramienta electoral que promueva el triunfo político de los partidos conservadores, liberales o de derecha. Es común escuchar gente que cree que el votante macrista (de clase media, media alta o clase alta) reconoce que está peor que antes, pero que se conforma con reconocer que el votante opositor, despreciable u odiable como es el votante kirchnerista (probablemente de clase media, media baja y clase baja) está peor que él.

Y ahora, luego de esta introducción, volvemos a la pregunta inicial. ¿Cómo es posible que un grupo considerable de personas que se vio perjudicado económicamente aún considere votar a la misma gestión que lo perjudicó? ¿Por qué volvería a elegirla?

Inicialmente, no  hay absolutamente ninguna variable económica con la que el actual gobierno nacional pueda hacer campaña electoral: aumentó la pobreza, el desempleo, las tarifas, se encareció el dólar, la inflación no pudo ser controlada y las deudas con organismos internacionales de crédito aumentaron considerablemente. Por otro lado,  disminuyeron los salarios, las jubilaciones, el consumo, el presupuesto en educación, cultura, salud y derechos humanos. En síntesis, y contrastando con los últimos años del gobierno de Cristina Fenrández: pasamos de tener «estanflación» (estancamiento con inflación alta, como se tuvo en el segundo mandato de CFK) a tener «depreflación» (depresión con alta inflación).

Teniendo en cuenta esto, ¿Cómo convencerá el oficialismo al electorado para que lo vuelvan a elegir? Como dijimos, no podrá hacer uso de ningún tipo de logro económico, pero sí puede argumentar que promovió el orden social, mejoró la infraestructura del país, luchó contra el narcotráfico con mayor decisión política que sus predecesores, terminó obras que se prometieron en la gestión anterior y no se realizaron, mejoró instituciones (como el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, el cual con esta gestión estaría publicando datos creíbles y no manipulados con intencionalidad política como sí sucedía antes), y metió presos a más funcionarios corruptos que cualquier otro gobierno del pasado. Y esto es un punto importante, porque la amplia mayoría de éstos fueron funcionarios del kirchnerismo, como el Ministro de Planificación Julio De Vido, o el vicepresidente de Cristina, Amado Boudou, o el ex diputado del kirchnerismo, Luis D´Elía, acusado de varios delitos.

Así, no sería extraño que la campaña electoral apele a la emotividad y se base en el desprecio, en la diferenciación del «nosotros» y el «ellos«. ¿El desprecio a qué? El desprecio a los vagos, a los corruptos, a los delincuentes, a los que cobran planes sociales, a los inmigrantes, etc. Y sobre esto, dado que las elecciones a gobernadores en muchos casos este año serán desdobladas (no se elegirán en simultáneo los gobernadores y el presidente), los gobernadores llevan la delantera. Por ejemplo, en la provincia patagónica de Chubut, el gobernador Mariano Arcioni decretó la expulsión del territorio de su provincia a los extranjeros condenados por delitos, y en Jujuy (provincia limítrofe con Bolivia) el gobernador Gerardo Morales intenta cobrarle la salud pública a los bolivianos que cruzan la frontera para atenderse «gratuitamente» en Argentina (la atención médica lo paga el Estado con los impuestos pagados por los argentinos).

Probablemente, parte de la campaña gire en torno a la seguridad, algo en lo que el gobierno de Cambiemos pone mucho énfasis. El gobierno nacional no ha perdido tiempo en instalar la discusión para bajar la edad de punibilidad de los menores de edad (algo que cuenta con el apoyo de algunos sectores del peronismo), a la vez que ha emprendido una brutal campaña desde el Ministerio de Seguridad para perseguir a quienes físicamente se parecen al imaginario de delincuente (muchos de ellos jóvenes pobres de piel más oscura), criminalizar la protesta, alentar el uso de armas para defensa personal, felicitar a aquellos policías que matan a un delincuente e instalan el debate sobre un nuevo código penal con más delitos y penas más severas.

No sería equivocado pensar que cada una de estas campañas está milimétricamente pensada a través de las encuestas. Es bien sabido que el gobierno de Cambiemos utiliza obsesivamente las encuestas y los focus groups a la hora de diseñar y decidir implementar una política pública. Esto muchas veces les salió bien (por eso ganaron en los cinco distritos más importantes durante las elecciones del 2017), con la excepción de las políticas económicas, en las cuales cosecharon malos resultados durante todo el 2018.  Algunos analistas expertos en migraciones consideran que si la xenobobia social hacia los inmigrantes de países limítrofes aumenta, serán entonces este grupo los sujetos despreciables. Aún así, en Argentina el número de inmigrantes que reside en el país es considerablemente bajo, ronda el 5% de la población.

Cabe mencionar que en Brasil, la homofobia y el racismo son considerablemente altos y no es casual que haya ganado Jair Bolsonaro con un discurso abiertamente homofóbico y racista. Teniendo en cuenta esto, el eje de la campaña electoral para Cambiemos podrían ser los delincuentes pobres, los kirchneristas, los vagos,  los docentes, los receptores de planes sociales o cualquier otro el grupo despreciable que atente contra el pensamiento (que pretende ser hegemónico) que afirma que «de la crisis se sale trabajando». Así,  los candidatos de Cambiemos serán pragmáticos como siempre lo fueron los decisores del PRO, y los políticos siempre opinarán lo que le recomienden sus asesores de marketing (amparándose previamente en lo que digan las encuestas y los focus groups)

De esta formala tercera ola del neoliberalismo piensa a través de las encuestas y está dispuesta a ser fascista si el fascismo logra instalarse en la sociedad como ya se instaló en Brasil. Aún así, cabe agregar una diferencia sustancial: Macri no es en sí mismo Bolsonaro, y está lejos de serlo. Pero el siglo XX ha sido testigo de regímenes de odio, como el nazismo o el Apartheid, que han hecho de la crueldad una práctica más y cotidiana. El problema que preocupa a los progresistas de izquierda es que tarde o temprano los gobiernos neoliberales pasarán, pero pueden dejar siempre en varios sectores de la sociedad un sentimiento dormido o escondido de profundo desprecio hacia ese otro cuya existencia es un palo en la rueda para la conversión final y definitiva de aquel país en el que esos votantes sueñan vivir. Y ese sentimiento dormido o escondido de profundo desprecio siempre será la semilla de la cual pueden brotar nuevos gobiernos de derecha (conservadores o no) que atenten contra los avances sociales que promuevan los gobiernos progresistas.

De todos modos, cabe aclarar que la utilización electoral del odio o el desprecio no es algo propio de la derecha (al menos en la Argentina). Para ejemplificar esto, podemos citar el caso del  ex diputado y actual referente del kirchnerismo Luis D´Elía (férreo defensor de Néstor y Cristina Kirchner), quien además de ser conocido por sus diversos delitos penales que pesan sobre él en la actualidad, se hizo popularmente conocido por sus dichos «odio a la puta oligarquía«. A partir de esto y de su posicionamiento en contra del sector rural en el año 2008, Luis D´Elía no fue condenado por sus dichos que profesan el odio en lugar de la unidad nacional, al contrario, fue ganando cada vez más y más espacio dentro del kirchnerismo.

Ante todo lo dicho, quizás es menester ser solidario con los despreciados (sean quienes sean, pues siempre serán víctimas)practicar la unidad y la empatía, y por sobre todo, ser decisivos a la hora de tomar partido en la batalla cultural. En este año electoral decisivo, será necesario que cada uno tome partida en uno u otro bando de la grieta, sobre todo, teniendo en cuenta que como decía Dante Alighieri: «los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral«. 

Julian Alvarez Sansone

Julian Alvarez Sansone

Nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 1994. Se recibió de politólogo en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM-Argentina). Es autor de un libro publicado en España sobre las transiciones a la democracia de Angola y Mozambique. Es también colaborador de Argentina Elections, el Instituto Abierto para el Desarrollo y Estudio de Políticas Públicas (IADEPP) y asistente en el proyecto de investigación del CONICET que encabeza Jacqueline Behrend (UNSAM-CONICET).
Julian Alvarez Sansone

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