¿El presidente que merecemos o el que necesitamos?

En distintos momentos de la historia política argentina reaparece una pregunta incómoda, casi moral: ¿los pueblos tienen los gobiernos que merecen o los que necesitan? La cuestión no es menor. Interpela tanto a la dirigencia como a la sociedad y obliga a mirar la política no sólo como competencia electoral sino como síntoma de un estado más profundo del sistema.

La llegada de Javier Milei a la presidencia en 2023 fue, sin dudas, uno de los hechos más disruptivos de la democracia reciente. No sólo por su perfil outsider o por su estilo confrontativo, sino porque representó una ruptura con el sistema político tradicional. Su triunfo no se explica únicamente por su discurso o su estrategia de campaña, sino también por el agotamiento de una parte significativa de la sociedad frente a décadas de frustraciones económicas, crisis recurrentes y promesas incumplidas. Milei no apareció en el vacío: emergió en un terreno fértil de desencanto.

En ese contexto, la pregunta sobre si Argentina tiene el presidente que merece o el que necesita revela dos interpretaciones distintas de la democracia. La primera sostiene que el resultado electoral refleja el carácter político de una sociedad. Si Milei gobierna es porque millones de argentinos decidieron apostar por una ruptura con la política tradicional, aun cuando esa ruptura implique incertidumbre, conflicto o medidas drásticas. Desde esta perspectiva, el liderazgo actual sería un espejo del hartazgo social acumulado.

La segunda interpretación es más pragmática: las sociedades no siempre eligen lo que desean, sino aquello que perciben como la única alternativa disponible. En ese sentido, Milei podría ser menos el presidente que los argentinos querían y más el presidente que el contexto produjo. Una figura que sintetiza la demanda de orden fiscal, la crítica al Estado y el rechazo al establishment político, en un momento donde gran parte de la ciudadanía sentía que las opciones tradicionales habían agotado su credibilidad.

Pero la pregunta también interpela al sistema político en su conjunto. Cuando una sociedad opta por liderazgos disruptivos, muchas veces lo hace porque los canales tradicionales de representación dejaron de funcionar con eficacia. Los partidos se vuelven estructuras vacías, las promesas pierden valor y la política empieza a percibirse más como un problema que como una solución. En ese escenario, los liderazgos extremos —en cualquier dirección ideológica— encuentran terreno fértil.

Por eso, quizás el debate no debería centrarse exclusivamente en la figura presidencial. La cuestión más profunda es qué tipo de sociedad produce determinados liderazgos y qué tipo de sistema político es capaz de procesarlos. Si Milei es el presidente que Argentina merece o el que necesita es, en última instancia, una discusión sobre el estado de la democracia, la calidad de la representación y la capacidad del sistema político para reconstruir confianza.

La historia nos demuestra que los liderazgos son siempre el resultado de su tiempo. Pero también enseña que las sociedades pueden redefinirlos. El verdadero desafío no es responder la pregunta de manera definitiva, sino entender qué condiciones políticas, económicas y culturales hicieron posible que esa pregunta vuelva a formularse.

Maxi Mosdien

El ¿Nuevo? outsider de la política Argentina

La política argentina vuelve a mostrar su capacidad para sorprender: un nombre que hasta hace poco orbitaba entre la fe, […]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *