Desarrollo: debates históricos y disputas durante el siglo XXI en Argentina (PARTE I)

Las posturas críticas y los debates en torno al desarrollo no son nuevos, surgen luego de la segunda guerra mundial. Hasta ese momento, el desarrollo estaba definido dentro de un marco de progreso lineal y reducido a una visión economicista, en una dicotomía que ubicaba a los países industrializados del hemisferio norte como desarrollados, cuyos patrones debían ser imitados, y a los del sur como subdesarrollados. No tenía en cuenta aspectos sociales ni ambientales y por estas razones surgieron varias corrientes críticas, pero siempre dentro del concepto convencional de desarrollo, lineal y economicista, sin modificación de las bases conceptuales, eran propuestas de “desarrollo alternativo”.

El estructuralismo es una de esas corrientes y considera que la única manera de resolver las desigualdades entre los países centrales, desarrollados y los de la periferia, subdesarrollados, es mediante la creación de un modelo basado en la industrialización por sustitución de importaciones, con un estado presente a través de la planificación y una política social con eje en el crecimiento económico y la redistribución social de la riqueza. La aplicación de este modelo no dio el resultado esperado, favoreció la concentración y la exclusión, fracasó en absorber el sobrante de mano de obra, agravó la heterogeneidad estructural, aumentó la vulnerabilidad externa y permitió el ingreso de capital extranjero.

Otra corriente es el neoliberalismo, basado en una visión absolutamente economicista, considera al poder regulador del mercado como el único con capacidad para superar el estancamiento económico y en donde se resuelven los problemas de distribución de la riqueza, las políticas sociales son transitorias, compensatorias y focalizadas.

El neo-estructuralismo, por su parte, tiene a la equidad y a las políticas distributivas como objetivos de la política social, le quita poder al mercado y basa el desarrollo en la búsqueda de equilibrios macroeconómicos y en la expansión productiva, con un estado que debe intervenir para asegurar la reconstrucción del mercado interno y la articulación de todos los sectores productivos.

Por otra parte, la escuela latinoamericana, con sus corrientes reformista-estructuralista y marxista-revolucionaria, hizo una contribución importante en torno al concepto de desarrollo. El subdesarrollo es definido como el resultado de un proceso mundial de acumulación capitalista, que no tiene en cuenta las particularidades de la región.

La teoría del colonialismo interno, sostiene que las situaciones que en el pasado definían una relación de colonialismo entre países, hoy se replican al interior de esos mismos países independientes, impidiendo el desarrollo de relaciones de clase (de interés capitalista), y favoreciendo las divisiones étnicas (de interés mercantilista). En ese contexto surge el concepto de marginalidad, con sus diferentes interpretaciones.

La teoría de la dependencia, en su versión reformista-estructuralista, intentó reformular el desarrollismo. Cardoso y Faletto vinculaban el desarrollo interno con los cambios externos, en donde la dependencia es considerada solo una variable externa y no condicionante del desarrollo, mientras que sí lo es para Furtado y Sunkel. En tanto, desde su concepción marxista, se cuestionaba el rol progresista del capitalismo. Marini, perteneciente a esta corriente, habla de súper-explotación de la mano de obra, indisolublemente ligada a la dependencia, porque es una necesidad del capitalismo internacional para mantener alta su tasa de ganancia. Kay, por su parte, plantea que estas teorías deberían ser revisadas en la actualidad, debido a la existencia de otros factores que deberían ser tenidos en cuenta, entre los que se destacan el nuevo rol de la sociedad civil, las minorías, los temas ambientales, la explotación como fenómeno de clase, la redefinición del papel del estado y la existencia de variedad de estilos y estrategias de desarrollo. No obstante, la persistencia de vulnerabilidad externa, dependencia tecnológica y financiera, heterogeneidad estructural, marginalidad, problemas de etnicidad, regionalismo y religiosos, marcan la relevancia contemporánea de las teorías latinoamericanas.

Así planteadas las cosas y frente al fracaso que supusieron las propuestas estructuralistas y neo-liberales, con notorias consecuencias negativas en términos sociales, institucionales y económicos, comienzan a reconsiderarse las bases conceptuales del desarrollismo convencional. Ese nuevo enfoque, encarado en América Latina por el progresismo que emerge a principios de siglo, que pretende hallar otros fundamentos culturales e ideológicos para abordar el rol del estado, los problemas sociales, económicos, ambientales y tiene un fuerte rechazo al ideario neoliberal, se lo llama “alternativas al desarrollo”. Muchos de estos conceptos pasaron a formar parte de las políticas públicas de nuestro país, en la nueva significación que se le pretendió dar al desarrollo.

El “Buen Vivir”, surge en el marco de esos cuestionamientos y debates y su base conceptual se refiere a los saberes y sensibilidades de algunos pueblos indígenas, que ven al desarrollo convencional como una imposición de la cultura occidental. Ecuador y Bolivia son los países que pudieron formalizar en sus Constituciones las ideas del Buen Vivir.

En Ecuador, la idea del Buen Vivir requiere de igualdad de derechos y responsabilidades para todas las personas, comunidades, pueblos y nacionalidades, en un marco de interculturalidad, respeto a sus diversidades y convivencia con la naturaleza, a la que considera sujeto de derecho. La planificación participativa en todas las áreas es clave en el “régimen de desarrollo”, la inclusión, equidad, biodiversidad y recursos naturales, lo son del “régimen del Buen Vivir”.

La Constitución Boliviana, en cambio, presenta al Buen Vivir como principios ético-morales dentro de una sociedad con énfasis en lo multicultural o plurinacional, en donde la finalidad del estado es apuntar a un desarrollo para mejorar la calidad de vida de todas las tradiciones indígenas que lo habitan y cuyos principios están equiparados jerárquicamente a otros principios clásicos.

La característica común de ambas constituciones es el apoyo en los saberes y tradiciones indígenas, y en donde el Buen Vivir se presenta entonces como una “alternativa al desarrollo”, que promueve una relación diferente entre el mercado, la sociedad y el estado, con una vuelta a los valores afectivos y culturales, en desmedro de los materiales y conducentes a una mejor calidad de vida.

En la misma sintonía que el Buen Vivir, otros modelos fueron propuestos con el objeto de buscar solución a los problemas planteados en torno a las teorías de desarrollo, aplicadas con escaso éxito hasta el fin del siglo pasado. El modelo de desarrollo sustentable, que pretende introducir la relevancia del concepto ambiental para la concreción de las políticas públicas, entendiendo las restricciones que impone la naturaleza a los modelos extractivos actuales; el modelo de desarrollo a escala humana, propuesto por Manfred Max-Neff, para el que la persona es un sujeto de desarrollo y centra la atención en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, determinadas por sus características culturales y en los instrumentos para satisfacerlas. Los indicadores cualitativos (calidad de vida), son más importantes que los cuantitativos (crecimiento) y la pobreza no es solo un problema restringido a ingresos; el enfoque de desarrollo humano e índice de desarrollo humano, propuesto por el PNUD, no es un modelo de desarrollo, es una visión que integra dimensiones económicas y sociales, en un marco más democrático y participativo y el enfoque de capacidades-desarrollo como libertad, definido por Amartya Sen, que es una crítica a los modelos que utilizan indicadores económicos como fines del desarrollo en sí mismos, en su visión, el bienestar general de las personas en un marco de libertad, el aprovechamiento de sus capacidades, la búsqueda de una mejor calidad de vida y el mantenimiento de sus libertades y derechos, son los determinantes del desarrollo.

Silvio Monteleone

Silvio Monteleone

- Ingeniero Agrónomo egresado de la Universidad de Buenos Aires
- Master en Agronegocios en la Universidad de Belgrano y una Maestría en Economía Política y Gobierno en la Escuela de Gobierno del Chaco.
- Participe como expositor en las I Jornadas Chaqueñas de Democracia y Desarrollo
Silvio Monteleone

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