¿Y si a Milei le empieza a faltar aura?

Entre una competencia adolescente de indiferencia y un discurso presidencial, agosto de 2026 dejó una frase que, por una vez, no buscó viralizarse. Por eso es la que más dice sobre el momento que atraviesa el Gobierno.

En una plaza porteña, un grupo de adolescentes graba con el celular una “competencia de aura”: quién finge mejor la indiferencia, quién sostiene más tiempo la pose de que nada le importa, quién gana sin mover un músculo. El clip durará un día en las historias y se olvidará al siguiente. A pocas cuadras, en Plaza San Martín, un hombre de 55 años pronuncia un discurso de nueve minutos frente al monumento al Libertador. También
él construye una pose desde hace tres años: la del que no negocia, la del que no pide permiso, la del que gana incluso cuando pierde.


Pero el 17 de agosto, en medio de ese discurso, Javier Milei dijo algo que no encaja del todo con esa pose. Dijo: “Si la libertad no muestra sus frutos, que son el bienestar y la prosperidad económica, la ciudadanía se olvida de su valor”. No fue una frase para “farmear aura”. Fue, quizás por primera vez en mucho tiempo, una frase que no parecía pensada para viralizarse sino para explicarse a sí mismo por qué las cosas empezaron a costarle. Y por eso mismo resulta más reveladora que cualquiera de sus provocaciones.

Conviene explicar el término antes de seguir, porque va a aparecer varias veces. “Farmear aura” es jerga de videojuegos —farmear, cultivar o cosechar recursos repitiendo una acción— aplicada a algo bastante más viejo: lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu llamaba capital simbólico, el prestigio o el respeto que un grupo le
reconoce a alguien.

Es un capital distinto al dinero porque no se acumula solo con esfuerzo propio: depende del reconocimiento ajeno. Como la fama de un restaurante, que no se mide por lo que costó montarlo sino por cuánta gente está dispuesta a hacer cola para entrar.

Trasladado a la política, “farmear aura” describe justamente lo que hizo buena parte de la comunicación oficialista desde 2023: gestos calculados —una frase contundente,
un adversario humillado, un dato festejado antes de leerlo del todo— pensados para
producir sensación de fortaleza, autenticidad o dominio, sin pasar por el camino más
lento de demostrarlo con resultados.

Y como todo capital simbólico, puede agotarse aunque la maquinaria que lo produce
siga encendida.


Hay que detenerse en lo que Milei dice literalmente, no en lo que parece decir. No es
una autocrítica —Milei no suele hacerlas— pero tampoco es una arenga. Es un reconocimiento de mecanismo: la legitimidad de un proyecto político no se sostiene indefinidamente sobre lo que promete evitar, sino que necesita, en algún momento, empezar a sostenerse sobre lo que entrega.

Y acá aparece una pregunta que va un poco más allá de este discurso: ¿qué pasa con un gobierno cuya principal fuente de legitimidad fue, durante mucho tiempo, convencer a la sociedad de que tenía razón antes de poder demostrar que tenía resultados?

La pregunta importa porque ese mecanismo puede funcionar durante bastante tiempo. Mientras el gobierno sea percibido como el encargado de corregir lo que estaba mal, la promesa futura puede convivir con un presente incómodo. Pero llega un momento en que la explicación del pasado empieza a competir con la experiencia del
presente.

El problema es que ese mismo día, y los días siguientes, el resto del ecosistema libertario seguía “farmeando aura” como si nada hubiera cambiado.

Un día antes de la reaparición pública de Milei, el INDEC había publicado el dato de precios mayoristas de julio: 0,8%, el registro más bajo para un mes de julio en siete años. El Presidente lo festejó en X con el estilo de siempre —”Y al final Julio empezó con CERO… INFLACIÓN MAYORISTA = 0,8% CIAO!”— y detrás de él replicó buena parte del ecosistema oficialista, del ministro Caputo para abajo.

El dato es real. Lo que no es del todo honesto es la operación de sentido: la inflación mayorista mide lo que se obran entre sí productores e importadores, no lo que paga una familia en la góndola.

La que efectivamente importa para el bolsillo, la minorista, había cerrado el mismo mes en 2,1%, casi el triple, y acumulaba 33,8% en lo que iba del año. Chequeado tuvo que salir a explicar la diferencia entre ambos índices, y recordó algo más incómodo todavía: que el propio Milei, cuando prometió meses atrás que la inflación “iba a
empezar con cero”, se refería a la minorista, no a la mayorista.

El festejo de julio no cumplió la promesa que decía estar cumpliendo. Fue, en el sentido más literal de la expresión, una “cosecha de aura”: un gesto construido para producir una sensación de logro que los números completos no respaldan del todo.

Esa tensión —entre la frase que por una vez no buscó impacto y el reflejo casi automático de seguir buscándolo con otro dato— es la que retomó Jorge Fontevecchia unos días después, en una editorial que terminó de instalar el término en la conversación pública: “Por qué Milei ya no farmea aura”.

Su argumento no apunta al esfuerzo del propio Milei, que sigue intacto, sino a que la sociedad “ya la vio”: que el mecanismo que sostuvo el ajuste durante dos años — tolerar el dolor presente a cambio de la promesa de una recompensa futura— empezó a perder eficacia, no necesariamente porque la economía haya empeorado de un mes para el otro, sino porque la expectativa que lo sostenía empezó a agotarse.

Como respaldo usa la encuesta más adversa de esos días, la ESPOP de la Universidad de San Andrés: casi siete de cada diez consultados dicen estar insatisfechos con la marcha del país, y seis de cada diez desaprueban la gestión. De ahí saca una regla simple: por debajo del 30% de aprobación, el problema deja de ser solo electoral y
empieza a poner en duda la propia continuidad del proyecto.

Lo que Fontevecchia describe con la metáfora del “aura” es, en rigor, el mismo fenómeno que el discurso de San Martín admite con otras palabras: que la comunicación transgresiva, la provocación, la seguridad performativa que caracterizó al mileísmo desde su irrupción funcionó extraordinariamente bien mientras el relato dominante era el del rechazo —a la casta, al kirchnerismo, a la inflación heredada— y empieza a rendir menos cuando la pregunta que la sociedad hace ya no es a quién culpar, sino qué se obtuvo.

Uno de los datos más incómodos para el propio oficialismo es que esa exigencia de resultados ya no viene solamente de la oposición: en encuestas recientes, más de uno de cada cinco votantes de Milei en 2023 responsabiliza hoy a su propia gestión por la situación económica.

Eso no es un dato sobre “la grieta”.
Es un dato sobre el propio núcleo.

Y ahí es donde conviene mirar hacia el norte, porque el nordeste argentino —Chaco, Corrientes, Formosa, Misiones— es, otra vez, el lugar donde esa transición puede verse con mayor claridad.

En el primer tiempo, el NEA permitía observar algo que desde Buenos Aires suele verse de manera más abstracta: que una mejora en los indicadores nacionales no necesariamente se convierte almismo ritmo en bienestar cotidiano. Pero esa distancia empieza a tener una traducción política cuando el votante deja de preguntarse solamente si la estabilización era necesaria y empieza a preguntarse qué cambió concretamente para él.

La misma semana del discurso de San Martín, el jefe de Gabinete, Diego Santilli, y el ministro Caputo recibieron en el Palacio de Hacienda a los gobernadores del Norte Grande —entre ellos Leandro Zdero, de Chaco— para acordar, después de años de reclamo, un régimen diferencial de subsidios eléctricos para las zonas cálidas.


Los gobernadores de la región venían reclamando ese esquema desde hace años, para una zona que paga la temperatura como quien paga una segunda tarifa: sin gas de red que compense el consumo eléctrico, con veranos que convierten el aire acondicionado en un gasto de supervivencia y no de confort.

Es una buena noticia, y probablemente alivie algo.

Pero lo interesante políticamente no está solamente en la medida. Está en lo que revela: que para una parte del país la discusión sobre la estabilización ya llegó a un nivel mucho más concreto. No alcanza con que el índice nacional mejore. La pregunta pasa por cuánto de esa mejora llega a una factura, a un salario, a un empleo.


En ese terreno, el NEA vuelve a ser especialmente sensible. El empleo privado formal sigue cayendo interanualmente en las cuatro provincias, los rubros inelásticos — vivienda, servicios— tuvieron fuertes aumentos y Milei registra, según los últimos sondeos, algunos de sus peores números del país.


Pero hay algo más: los gobernadores locales, mejor valorados que el propio Milei, vienen funcionando como amortiguadores políticos de ese desgaste. Esa capacidad de absorber responsabilidades puede durar un tiempo.

No es infinita.

Por eso la frase de San Martín deja de ser una reflexión abstracta y se convierte en una pregunta concreta: si la libertad todavía no mostró sus frutos en Resistencia, en Posadas o en Formosa, ¿cuánto tiempo más puede sostenerse el valor político de la promesa?

La respuesta todavía no está escrita. Y sería un error buscarla en una encuesta, en un dato de inflación o en una frase presidencial aislada. El problema, si efectivamente existe, es más lento: cuánto tiempo puede sostenerse la
legitimidad de un gobierno cuando la épica del comienzo empieza a competir con la experiencia cotidiana de quienes lo votaron.

Quizás por eso la frase de San Martín sea más importante de lo que parece. Milei dijo, casi al pasar, algo que hasta ahora había quedado bastante lejos de su lenguaje habitual: que la libertad necesita mostrar resultados para conservar su valor.

Es una afirmación sencilla, pero contiene una consecuencia política incómoda. Si los resultados son los que finalmente legitiman el proyecto, entonces también son los resultados los que van a determinar cuánto queda de aquel capital simbólico acumulado desde 2023.

Mientras tanto, el oficialismo sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: comunicar fortaleza, celebrar cada dato favorable, confrontar con sus adversarios y convertir cada dificultad en una nueva batalla cultural. Puede seguir funcionando. De hecho, sería apresurado afirmar lo contrario.

Pero algo parece haber cambiado en la pregunta que empieza a hacerse una parte del electorado.

Ya no es solamente si Milei tiene razón.

Es cuánto falta para que esa razón se traduzca en una mejora que pueda sentirse.

Y esa pregunta tiene una particularidad: no se responde en X, ni en una conferencia de prensa, ni en una plaza porteña.

Se responde todos los meses.

También en Resistencia, en Posadas, en Corrientes y en Formosa. En la boleta de luz, en el precio del supermercado, en el salario que alcanza más o menos que antes. Allí donde el “segundo tiempo” de un gobierno deja de ser una metáfora y empieza a convertirse en experiencia.

Tal vez el aura no se haya terminado.

Tal vez, simplemente, haya empezado a competir con algo bastante más difícil de administrar: la realidad.

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Juan Irala

Politólogo y director de Perceptiva, consultora especializada en opinión pública, estrategia de datos e inteligencia política para gobiernos y campañas del Nordeste Argentino. Con trayectoria como docente universitario de Sistemas Políticos Comparados, desarrolla análisis sobre política, opinión pública y comportamiento electoral.
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Juan Irala

Politólogo y director de Perceptiva, consultora especializada en opinión pública, estrategia de datos e inteligencia política para gobiernos y campañas del Nordeste Argentino. Con trayectoria como docente universitario de Sistemas Políticos Comparados, desarrolla análisis sobre política, opinión pública y comportamiento electoral.