ME CAG* EN TODO

La revista Axios muestra un dato que, por sí solo, ya dice bastante: de 692 de insultos registrados desde 1919 entre figuras presidenciales de USA, 605 ocurrieron en la última década. No estamos, entonces, ante un par de sobresaltos, sino frente a un cambio de época. La mala palabra dejó de aparecer únicamente como una pérdida de control y empezó a ser un recurso político: sirve para parecer auténtico, duro, romper con las formas tradicionales y decir “yo no hablo como ellos” (Walker, 2026).

El problema es que la línea de la agresión no se corre de golpe. Se mueve de a poquito, casi sin que nos demos cuenta. Primero una frase escandaliza; después circula como meme; más tarde se justifica porque “por lo menos dice lo que piensa”; y finalmente deja de llamar la atención. Y cuando menos nos dimos cuenta: chau chau. Ahí entra la ventana de Overton (Russel 2006): aquello que en un momento era inadmisible pasa a ser discutible y, con suficiente repetición, termina dentro de lo normal.

No hace falta que todos lo aprueben; alcanza con que dejen de sorprenderse (Lehman, 2010).
McLuhan ayuda a entender por qué este corrimiento se acelera. Cuando dice que “el medio es el mensaje”, no plantea que el contenido no importe, sino que la forma del medio reorganiza nuestras conductas. Las redes premian velocidad, impacto y reacción. Una explicación compleja tarda; un insulto viaja rápido. Una frase agresiva puede convertirse en clip, meme, tendencia y titular en cuestión de minutos. Además, los algoritmos no distinguen demasiado entre apoyo y rechazo: tanto quien celebra como quien se indigna ayuda a difundir. En ese ecosistema, la agresión gana rentabilidad comunicativa (McLuhan, 1964; Walker, 2026).

También cambia nuestra relación con la vergüenza. Elias (1987) entendía la vergüenza como un freno interior: uno se contiene porque sabe que vive frente a otros y que hay conductas que pueden degradarlo. Pero cuando cruzar el límite da visibilidad, pertenencia o aplausos, ese freno se debilita. Lo que antes avergonzaba empieza a presentarse como valentía; la crueldad, como sinceridad; y la falta de autocontrol, como prueba de autenticidad.

Goffman (1987) permite sumar otra capa. En la interacción cara a cara vemos el gesto del otro, percibimos el silencio incómodo y registramos el daño. En las plataformas, en cambio, el adversario puede reducirse a una foto, un nombre o un avatar. Esa distancia baja el costo emocional de agredir. Es más fácil humillar cuando no hay que sostener la mirada de quien recibe el golpe.

El resultado es que la conversación pública se aleja del ideal deliberativo de Habermas (1989). Ya no se trata tanto de discutir argumentos, sino de producir impacto, cohesionar al propio grupo y dejar al adversario en ridículo. El agravio funciona como una contraseña: demuestra de qué lado se está. Y cuando todos compiten por elevar el tono, aparece una inflación de la agresión. Lo que ayer parecía extremo hoy parece moderado, así que mañana habrá que ir un poco más lejos para obtener la misma atención.

El riesgo, entonces, no es simplemente que la política “sea maleducada”. Es que la humillación empiece a considerarse una forma legítima de liderazgo y que el desprecio reemplace al argumento. Recuperar la línea no significa imponer una cortesía vacía ni negar el conflicto. Una democracia necesita enojo, denuncia y firmeza. Pero firmeza no es degradación. El límite está en reconocer que incluso quien piensa distinto sigue formando parte del espacio común. Cuando eso se pierde, ya no discutimos qué decisión es mejor: empezamos a decidir quién merece ser tratado con dignidad

Referencias

  • Elias, N. (1987). El proceso de la civilización: Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas (R. García Cotarelo, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Goffman, E. (1967). Interaction ritual: Essays on face-to-face behavior. Anchor Books.
  • Habermas, J. (1989). The structural transformation of the public sphere: An inquiry into a category of bourgeois society (T. Burger & F. Lawrence, Trads.). MIT Press.
  • McLuhan, M. (1964). Understanding media: The extensions of man. McGraw-Hill.
  • Russell, N. J. (2006, 4 de enero). An introduction to the Overton window of political possibilities. Mackinac Center for Public Policy.
  • Walker, J. (2026, 29 de julio). Political profanity is having a f*cking moment. Axios.
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Alfredo Mattos Serrano

Consultor en Comunicación Política e Institucional. Abogado (UNNE). MBA (UES21). Maestrando en Comunicación Política (AUSTRAL). Miembro de ASACOP y SAAP.
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Consultor en Comunicación Política e Institucional. Abogado (UNNE). MBA (UES21). Maestrando en Comunicación Política (AUSTRAL). Miembro de ASACOP y SAAP.