La gran incógnita rumbo a 2027 no es qué estadística mostrará el oficialismo o qué fantasma desempolvará la oposición, sino qué dirigente tendrá la valentía de salir del cómodo juego de los rechazos cruzados antes de que la propia gente, cansada de volar en turbulencia, decida cambiar de piloto sin pedir permiso.
Carlos Fara no ofrece diagnósticos superficiales. En el auditorio del Instituto de Economía Aplicada de la Universidad UCES, convocado por la Asociación de Dirigentes de Empresas (ADE), prefirió meterse en el corazón del escenario político actual: el margen de la licencia social en tiempos de ajuste y las nuevas dinámicas del electorado joven.
Comenzó analizando el comportamiento de las últimas urnas, remarcando la alteración completa de los horarios de votación. Históricamente, el corte del mediodía permitía anticipar con bastante precisión el nivel final de participación. No obstante, cerca del 40% de los votantes aparecieron en las escuelas recién entre las 3 y las 6 de la tarde.
“El segmento menos de 30, sobre todo el menos de 25, es el más inestable y más heterogéneo de la sociedad. En la última elección hubo mucho movimiento post mediodía en TikTok que, por supuesto, el sub-25 le presta una particular atención. Son fenómenos de muy corto plazo, de último momento, que son muy difíciles de predecir” señaló.
Esa ola vespertina fue el reflejo de un electorado que responde a los estímulos de su propio entorno digital. La juventud no es apática. No rechazan la política en sí -el fenómeno de Javier Milei demostró que pueden ser el núcleo duro de un proyecto-, sino que rechazan los canales y la retórica tradicional. “Pretender cazar o retener ese voto con los manuales analógicos del pasado es, a esta altura, una batalla perdida” consignó Fara.
Al abordar el impacto del programa económico sobre la calle, Fara utilizó una metáfora de vuelo. “Había una especie de gran consenso nacional sobre tres cosas antes de que asumiera Milei: primero, que los problemas venían de largo; segundo, que había que tomar remedios que no nos gustaban; y tercero, que los resultados iban a tardar en llegar. Siempre pongo el ejemplo del avión en turbulencia: los primeros segundos son terribles pero si calma un poco, a los 10 minutos te acostumbraste aunque sigas ahí. La opinión pública se construye mucho en términos comparativos… comparativo con los 10 minutos antes en donde el avión parecía que se caía” graficó para explicar por qué la paciencia social aún no se agota.
El planteo toca el nervio central de la licencia social que sostiene al Gobierno. Una porción significativa de la sociedad aguanta el costo del ajuste no porque lo disfrute, sino porque lo compara, pero frente a la urgencia cotidiana de las tarifas, los alquileres o el consumo, el pasado pierde fuerza. El desafío analítico está en la durabilidad de esa paciencia.
Fara advirtió sobre un sesgo recurrente en la comunicación del poder: validar la gestión mostrando únicamente tableros de control (índices de inflación a la baja o el superávit fiscal). “Hay como un cierto divorcio entre lo que está pasando en términos económicos y la percepción de la opinión pública, que no consume estadísticas” subrayó, marcando la distancia que suele abrirse entre la macroeconomía y la calle.
Y las alternativas?
En cuánto a 2027, fue pragmático: el oficialismo frente a una oposición fragmentada. “Lo que yo llamo la discusión entre dos miedos: el que vuelva Cristina o el miedo al ajuste… Salvo que alguien encarne ‘cambio y futuro’, y esa es la dificultad. No parece haber ni entre los outsiders, ni entre los otros, ninguno que tenga una gran vocación de poder como para decir ‘yo voy por allá, pase lo que pase'” avizoró.
Entonces, en la medida en que no emerja una figura opositora explícita, el Gobierno conservará la ventaja. “No hay herramienta mágica si no tenés estrategia” cerró.
“No tener claro qué piensa exactamente la gente“
Posteriormente, Fara conversó en exclusiva con Unbroken sobre los errores de fondo en la lectura del mapa social y las claves para no quedar a ciegas ante la opinión pública. “El primer gran error es no tener claro qué piensa exactamente la gente, con toda la complejidad y los matices que efectivamente existen. Y el segundo es que, aun a veces tratando y comprendiéndola, no tienen una disciplina de estrategia. Porque una cosa es entender y otra accionar” señaló.
La lección fue incómoda: estamos en una Argentina mayormente atrapada en la parálisis del miedo, frente a una planilla que muestra un superávit, mientras la oposición aguarda que se le devuelva el poder por inercia.
Por eso, la gran incógnita rumbo a 2027 no es qué estadística mostrará el oficialismo o qué fantasma desempolvarán los opositores, sino qué dirigente tendrá la valentía de salir del cómodo juego de los rechazos cruzados antes de que la propia gente, cansada de volar en turbulencia, decida cambiar de piloto sin pedir permiso.