It is not just a game

Antes de la semifinal del Mundial, Lionel Scaloni, DT argentino buscó nuevamente moderar su intensidad emocional al decir que «la realidad es que es solo un partido de fútbol», mediante una frase orientada a desatar la competencia deportiva del sufrimiento histórico acumulado. Por otro lado, su capitán Lionel Messi expresó el sentimiento social predominante al afirmar que «contra Inglaterra siempre es un partido especial». Esta diferencia de discursos plantea un pregunta central: ¿mediante qué procesos simbólicos un acontecimiento deportivo adquiere semejante gravitación social, histórica y geopolítica?

Para comprender adecuadamente este fenómeno, resulta imprescindible recurrir a la teoría del framing o encuadre interpretativo. Según Entman (1993), el encuadre consiste en seleccionar determinados aspectos de la realidad percibida y conferirles mayor prominencia comunicacional, con el propósito de promover una definición específica del problema, establecer relaciones causales, formular una evaluación moral y sugerir posibles soluciones. Complementariamente, Bateson (1972) y Goffman (2006) sostienen que los marcos organizan la experiencia cotidiana, puesto que permiten establecer las fronteras simbólicas entre aquello que pertenece al juego y aquello que corresponde a la realidad.

Aplicado al campo de la comunicación, el framing posibilita examinar los procedimientos mediante los cuales el significado de la realidad es socialmente construido, disputado y negociado. Aruguete (2016) subraya que, a diferencia de la transferencia temática postulada por la teoría de la Agenda Setting, el encuadre se orienta hacia la producción de una determinada «interpretación del mundo». En consecuencia, las noticias no reproducen pasivamente los acontecimientos, sino que intervienen activamente en su configuración simbólica, utilizando la «objetividad» como ritual estratégico destinado a legitimar y proteger el discurso periodístico.

En virtud de lo anterior, la disputa por imponer determinadas perspectivas —proceso denominado frame-building— permite identificar las relaciones asimétricas de poder existentes entre actores políticos, mediáticos y sociales. Del mismo modo que ocurre en las controversias promovidas por los movimientos sociales, donde diversos agentes compiten por definir públicamente los problemas y sus interpretaciones legítimas, el fútbol se constituye en una arena simbólica atravesada por marcos interpretativos antagónicos. Por consiguiente, el partido deja de ser exclusivamente una competencia atlética para convertirse en un escenario de confrontación histórica, identitaria y política.

El enfrentamiento entre estos encuadres se encuentra arraigado en una temporalidad histórica de considerable profundidad. La construcción de la identidad argentina en oposición a Inglaterra comenzó a configurarse durante la resistencia frente a las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, acontecimientos incorporados posteriormente a la memoria nacional. Sin embargo, la herida histórica que conserva mayor capacidad de actualización simbólica es la Guerra de Malvinas de 1982, conflicto que atravesó dramáticamente a la sociedad argentina y cuya persistencia excede ampliamente las circunstancias políticas y militares de su desarrollo.

Dentro de este entramado memorial, el recordado partido correspondiente al Mundial de México 1986 operó como una modalidad de «venganza poética» y reparación histórica simbólica. En aquella oportunidad, Diego Maradona y el equipo dirigido por Carlos Bilardo produjeron una mitología nacional perdurable mediante dos acontecimientos extraordinarios: la «Mano de Dios» y el denominado «Gol del Siglo». Ambos episodios excedieron inmediatamente su significación deportiva, puesto que fueron incorporados al imaginario colectivo como expresiones de revancha, inteligencia, transgresión, talento y restitución del orgullo nacional.
En la actualidad, la pasión suscitada por la selección albiceleste conserva una notable capacidad de articulación territorial y emocional, uniendo simbólicamente al país desde la aridez de Tilcara hasta las bajas temperaturas de la Patagonia. A cuarenta años de la epopeya futbolística de 1986, aquella narrativa basada en la posibilidad de «dar vuelta» la adversidad continúa operando como un dispositivo de fortalecimiento de la autoestima colectiva. En este sentido, la selección representa una condensación simbólica de expectativas sociales, memorias históricas, frustraciones acumuladas y aspiraciones nacionales de reconocimiento.

Frente a este nuevo enfrentamiento, el Gobierno procuró establecer un encuadre basado en la despolitización integral del acontecimiento deportivo. La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, anunció la prohibición del ingreso al estadio de banderas vinculadas con las Islas Malvinas, al considerar que constituían un «mensaje político» potencialmente provocador. Sin embargo, dicho marco interpretativo experimentó una fractura interna cuando la vicepresidenta Victoria Villarruel publicó en la plataforma X que «no es un partido más», alineándose fervorosamente con el reclamo argentino de soberanía sobre el archipiélago.

Pese a las restricciones gubernamentales, medios periodísticos como La Nación y Página/12 informaron que la bandera «flameó igual» dentro del estadio, circunstancia que obligó al presidente Javier Milei a pronunciarse sobre la controversia. De este modo, el intento institucional de neutralizar políticamente el acontecimiento terminó produciendo el efecto contrario: la prohibición incrementó la visibilidad del símbolo, intensificó su circulación mediática y convirtió su presencia en una acción de resistencia. La disputa por el encuadre quedó así expuesta dentro del propio Gobierno y en su relación con la sociedad.

Desde el exterior, The New York Times identificó la verdadera magnitud simbólica del acontecimiento al titular que, para la Argentina, «no es solo fútbol», reconociendo tanto la gravitación histórica de la guerra como la dimensión mítica adquirida por Diego Maradona. Este encuadre interpretativo situó el enfrentamiento dentro de una genealogía histórica que excedía el resultado deportivo. Por consiguiente, el partido fue presentado como una actualización contemporánea de memorias traumáticas, reclamos territoriales inconclusos y relatos nacionales consolidados durante las últimas cuatro décadas.

Tras el triunfo argentino, el Reino Unido y medios como la BBC promovieron un encuadre caracterizado por una severa indignación política e institucional. En particular, calificaron como «inapropiado» que los jugadores argentinos celebraran exhibiendo una pancarta con la consigna «Las Malvinas son argentinas» y reclamaron que la FIFA llevara a cabo una investigación, además de sancionar al equipo por la emisión de mensajes considerados políticos. La amplificación transnacional de estas imágenes mediante plataformas digitales no redujo la controversia, sino que incrementó su intensidad, alcance y capacidad de confrontación en el entorno comunicacional global.

La teoría del framing demuestra, por consiguiente, que un mismo acontecimiento puede adquirir significaciones diametralmente opuestas en función del marco interpretativo mediante el cual sea seleccionado, jerarquizado y comunicado. Mientras un director técnico puede intentar preservar la prudencia institucional afirmando que se trata únicamente de un juego de pelota, la memoria histórica, las reivindicaciones geopolíticas y la pasión popular desbordan inevitablemente esa definición restrictiva. En definitiva, la densidad simbólica acumulada confirma que un enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra jamás podrá reducirse exclusivamente a un partido de fútbol.

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Alfredo Mattos Serrano

Consultor en Comunicación Política e Institucional. Abogado (UNNE). MBA (UES21). Maestrando en Comunicación Política (AUSTRAL). Miembro de ASACOP y SAAP.
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Alfredo Mattos Serrano

Consultor en Comunicación Política e Institucional. Abogado (UNNE). MBA (UES21). Maestrando en Comunicación Política (AUSTRAL). Miembro de ASACOP y SAAP.