Por nuestros días, observamos una lluvia de conflictos, muchos de ellos, provienen del mismo gobierno. En esa clave resulta interesante pensar en qué efectos produce una comunicación gubernamental que incorpora casi de manera constante nuevos objetos de conflicto.
Desde ya, la pregunta excede al gobierno argentino de Javier Milei, aunque su estrategia comunicacional constituye sin dudas un caso ilustrativo para pensar en una transformación más amplia de la compol contemporánea.
Murray Edelman (1988) nos decía en “La construcción del espectáculo político” que los problemas públicos no son simplemente el reflejo de una realidad objetiva, sino el resultado de procesos de construcción simbólica. En esa línea, “el lenguaje que construye un problema y le proporciona un origen es también una justificación razonada para investir de autoridad a personas que afirman tener algún tipo de competencia”; consecuentemente, deslegitima a otros.
Esto no es nada nuevo, sin embargo el ecosistema comunicacional actual introduce una variable: el ritmo de circulación. No alcanza con preguntarse cómo un problema logra instalarse en la agenda pública, sino que se vuelve cada vez más necesario analizar la velocidad con la que los objetos de la polémica[1] se producen, circulan y son reemplazados por otros.
Acá es donde la comunicación gubernamental de Javier Milei parece responder con precisión a dicha lógica, ya que más que sostener un único eje de confrontación, incorpora nuevos objetos de conflicto constantemente, algunos de ellos pueden ejemplificarse en señalamientos a periodistas, artistas, universidades, sindicatos, comunidad lgtbiq+ o referentes propios y ajenos. Cada uno ocupa, durante un tiempo limitado, el centro de la conversación antes de ser desplazado por un nuevo episodio. Lo relevante no es cada conflicto en sí mismo, sino la continuidad del flujo de las controversias.
Dicha dinámica encuentra condiciones favorables en un espacio público virtual (EPV) atravesado por la economía de la atención, donde el recurso escaso es la capacidad de captar interés. De algún modo, en una arena de sobreabundancia de información, la renovación constante de los objetos de la polémica se convierte en una estrategia eficaz para sostener visibilidad y marcar el ritmo de la conversación pública, dificultando a su vez que otros actores o adversarios logren instalar agendas alternativas.
Mario Riorda, consultor político con amplia trayectoria, ha descrito este tipo de estrategias a partir de la conceptualización “inundar el piso” (flood the zone) de Steve Bannon, que alude a una sucesión de controversias que dificulta la organización de una respuesta política coherente por parte de los adversarios, en este caso de la oposición. Esto, en una arena pública virtual que no se caracteriza por ser consensual, sino todo lo contrario, encuentra condiciones especialmente favorables.
En síntesis, podemos decir que la eficacia comunicacional parece depender menos de la consolidación de un conflicto que de la capacidad para producir otros. De este modo, la agenda deja de organizarse alrededor de problemas relativamente estables y pasa a configurarse como una secuencia acelerada de objetos de disputa, que poco tienen por objetivo cerrar el debate o llevar certidumbre a la ciudadanía. Sin dudas, la construcción simbólica de los problemas públicos continúa siendo una herramienta fundamental para comprender la política, al mismo tiempo que esa construcción parece estar atravesada por una lógica de aceleración permanente. No sólo importa cómo se producen dichos problemas públicos, sino también con qué velocidad y qué efectos genera esa sucesión constante sobre la atención ciudadana y también, sobre los adversarios.