La política argentina vuelve a mostrar su capacidad para sorprender: un nombre que hasta hace poco orbitaba entre la fe, el entretenimiento y la motivación personal comenzó a instalarse como posible candidato presidencial. Dante Gebel —pastor, conductor televisivo, conferencista internacional y figura con un alcance masivo en las comunidades evangélicas— aparece hoy como una alternativa que descoloca al sistema político. Su irrupción no surge de un simple rumor: sectores sindicales y dirigentes peronistas admiten estar trabajando en un armado que lo ubique “por fuera del peronismo”, pero sostenido por parte de su musculatura territorial. En un país donde la bronca contra la política tradicional crece, y donde Milei capitalizó el voto evangélico mejor que nadie, la eventual candidatura de Gebel reabre el tablero.
Gebel no es un improvisado mediático con aspiraciones ocasionales. Desde los años ’90 construyó una figura transnacional en el mundo cristiano, con estadios llenos en Argentina, series de eventos multitudinarios para jóvenes, y una megaiglesia en California con presencia global. A eso le sumó un espacio propio en la televisión abierta argentina —La Divina Noche de Dante— que lo volvió familiar para millones de hogares, incluso fuera del universo religioso. Ese triple capital —espiritual, comunicacional y emocional— lo coloca en una posición inédita: combina la masividad de un influencer, la legitimidad comunitaria de un pastor cercano al barrio y un estilo motivacional que encaja con el clima antipolítico actual.
Aunque nunca se lanzó formalmente a la política partidaria, Gebel ha deslizado en diversas entrevistas que no descarta asumir un rol público “si la providencia divina lo guiara”. Ha dicho que hace diez años habría rechazado la idea de ser presidente, pero que hoy “no lo ve imposible”, y que si su aporte pudiera servir desde un cargo, estaría dispuesto a dar el paso. Para buena parte de sus seguidores, esa disposición se traduce simbólicamente como un “llamado de Dios”, aunque él nunca pronunció esa frase de manera literal. La ambigüedad —espiritual para su comunidad, estratégica para la política— es uno de los elementos que explican por qué su nombre genera interés a ambos lados del mostrador.
El dato más significativo del armado político en torno a su eventual candidatura es quiénes intentan motorizarlo. Dirigentes sindicales de la CGT, encabezados por Juan Pablo Brey, reconocieron que buscan convencerlo de encabezar un espacio nuevo, sin sello peronista explícito, pero con base en estructuras del peronismo social. La ecuación es tentadora: un líder sin desgaste, no asociado a la “casta”, pero sostenido por redes territoriales que garantizan volumen real en campaña. Sería una forma de reciclar al peronismo a través de un rostro que seduzca tanto a los desencantados como a quienes jamás votarían a un dirigente kirchnerista tradicional.
El punto más sensible del fenómeno Gebel es su efecto sobre el electorado evangélico, un universo que creció significativamente y que jugó un rol importante en la consolidación de Javier Milei. El presidente supo conectar con parte de ese mundo mediante gestos simbólicos, coincidencias en debates morales y presencia en actos religiosos. Pero ese apoyo no es monolítico: muchos evangélicos votaron a Milei como herramienta para castigar al peronismo, más por rechazo que por identificación ideológica profunda. Allí es donde la figura de Gebel podría resultar competitiva. Su carisma, su mensaje de esperanza, su discurso sobre valores familiares y su imagen de líder “no agresivo” podrían atraer a sectores que hoy ven con incomodidad la incertidumbre económica, el desgaste social y el tono confrontativo del mileísmo.
Queda entonces la pregunta estratégica: ¿sería Gebel un candidato genuino impulsado por su comunidad, o una jugada elaborada para partir el voto de La Libertad Avanza? Ambas lecturas conviven. Para algunos, representa una renovación moral frente a una dirigencia desgastada. Para otros, funcionaría como un “outsider útil” capaz de restarle votos al libertarismo sin que esos votantes regresen al peronismo clásico. Y si en 2027 el kirchnerismo/peronismo logra presentar un candidato competitivo, un escenario en el que el voto anti-peronista se divida entre Milei y Gebel podría mejorar notablemente sus chances de volver al poder.
Sea cual sea el destino de la especulación, la instalación de Dante Gebel como actor político revela algo más profundo: la fe vuelve a ocupar un lugar central en la conversación pública y en las disputas electorales. En una Argentina marcada por la desconfianza, la inestabilidad y la búsqueda de sentidos, figuras capaces de hablarle a la emoción, a lo espiritual y a lo comunitario adquieren relevancia inesperada. Si Gebel decide dar el salto, no será simplemente “otro outsider”: será el síntoma de un país que ya no distingue con claridad entre púlpito, pantalla y política. Y en ese terreno híbrido, cualquier movimiento puede cambiar el mapa.
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