¡Vengan y miren, señoras y señores! Miren el mundo del revés, donde el río echa fuego y el sol ilumina la noche, la señora luna en pleno día y las señoritas estrellas fuera del cielo. Vengan y vean el buen ejemplo para las generaciones venideras…
Las voces del mundo claman: “Somos todos responsables de que la salud del mundo esté tan desgastada”, las mismas voces de las mismas personas que hacen que la salud del mundo esté hecha un asco. Ni los conejos se reproducen tan rápido como los nuevos tecnócratas del medio ambiente: los expertos generan más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos generan el brumoso lenguaje en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de acuerdos, contratos y palabras amenazan con convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero de ozono.
Más allá del palabrerío, la estadística confiesa. Los datos ocultos por estos acuerdos confiesan que el veinte por ciento de la humanidad comete el ochenta por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos no renovables. Crímenes contra la gente, crímenes contra la naturaleza: la impunidad sigue vigente.
Las empresas multinacionales que más éxito tienen, son las que más destruyen al mundo; y los países que deciden el destino del planeta son los que más mérito hacen para destruirlo. Un planeta descartable, torrentes de inmundicias inundan el aire que el mundo respira.
¿El planeta? Consúmalo y tírelo. En el reino de lo efímero todo se convierte, inmediatamente, en chatarra. La humanidad entera paga las consecuencias de la intoxicación del planeta. Resulta totalmente irónico el hecho de que los gigantes del petróleo, los aprendices de brujo de la energía nuclear y de la biotecnología tanto como las grandes corporaciones que fabrican armas, acero, aluminios, automóviles, plaguicidas y plásticos derramen lágrimas de cocodrilos por lo mucho que la naturaleza sufre.
Pero algo, todavía, podemos hacer. Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran, se reconocen y se abrazan y ese lugar es mañana. Las antiguas voces que nos dicen que somos hijos de la tierra también nos dicen que pertenecemos a los tiempos que vienen.